lunes, 27 de noviembre de 2017

Saga Mystika - Principium - Capítulo 4


CAPÍTULO 4

Mientras viajaban, Aura lo hizo en silencio, siendo observada todo el tiempo y de reojo por Joan, como si ésta última deseara, a través de cada uno de sus vistazos, conocer más sobre quien tenía al frente.
Decir que la niña le causaba desconcierto y curiosidad era quedarse corta, y más frente a la fragilidad que le demostraba a sus tan solo quince años de edad. Dualidad que la perturbaba de sobremanera y que no le permitía llegar a comprender cómo todavía no había muerto a manos de quienes iban tras sus pasos.
Joan inhaló suficiente aire y elevó la mirada, entrecerrándola, cuando fruncía el ceño, ansiando ver más allá de lo que su poder le permitía vislumbrar, el que extrañamente, llegado a un punto, no la dejaba avanzar, como si hubiese a su alrededor algún muro de titanio impenetrable que a esa chica la estuviese protegiendo, incluso de ella misma.
Se llevó una de sus manos a su mentón y posicionó nuevamente sus ojos negros sobre el perfil de su acompañante, al que continuó observando metódicamente. Asimismo, acarició su barbilla, y cansada del mutismo que se había instaurado entre las dos, por fin alzó la voz, diciendo sin ningún tipo de reparos:
—Cuéntame, niña, ¿ya te bajó la menstruación?
Al oírla, Aura entró en tensión, se sonrojó y bajó la cabeza. ¿Por qué ella quería saber sobre algo tan personal que no le concernía para nada?
La joven tragó saliva y evitó responder. Después de ello, cerró rápidamente los ojos.
— ¿No me oíste? —replicó la mujer, subrayando cada una de sus palabras—. Te pregunté si ya te había bajado la menstruación. Sabes lo que es eso, ¿verdad?
—Sí, sé lo que es —le respondió en un hilo de voz, abriéndolos de par en par y apretando al mismo tiempo sus labios uno contra otro—. Acaso, ¿te importa?
—Claro que me importa. Es algo muy relevante en tu situación.
— ¿Qué situación?
—Tu situación de hembra, muchacha —le contestó molesta.
«¿Situación de hembra?»
— ¿Por qué sueles hablar así? —comentó ofuscada, además de ofendida al escuchar su acotación.
— ¿Así cómo?
—A medias y de tan malhumor, como si no desearas responder o explicarme lo que necesariamente debo saber sobre mi persona.
—No me agradan las preguntas, niña. No me interesa dar respuestas —le comunicó tajante—. Y para que quede claro, nunca me ha gustado hablar a medias.
—Pero lo haces —insistió Aura, incisiva—. No soy una tonta, aunque a tus ojos lo parezca.
—Jamás he dicho que lo seas.
—Pues, tu mirada de espanto así me lo da a entender cada vez que consigo abrir la boca. ¡Por qué no dejas de mirarme como si yo fuera un bicho raro!
—Porque lo eres, al igual que lo soy yo. Diferente a cualquier mortal que hayas conocido en tu limitada existencia.
La adolescente volvió a situar sus ojos en el oscuro vidrio de la ventana del vehículo en el cual ambas viajaban, hasta que éste, de pronto, detuvo su andar. Con posterioridad, Joan fijó su mirada en el espejo retrovisor, exacto lugar donde el conductor del coche ya tenía posicionada la suya.
— ¿Estás lista? —le preguntó de golpe.
— ¿Para qué? —formuló la joven, como si no le importara lo que estuviese preguntándole.
—Para tu primera prueba —le informó la anciana, recibiendo del chofer una caja negra de terciopelo de forma rectangular, la que segundos después colocó a la altura de sus ojos castaños, llamando con ella toda su atención—. Ábrela —le pidió con un leve tono de exigencia.
— ¿Qué hay en su interior?
—Primera regla, Aura. Se vale desconfiar, no así hacer tantas estúpidas preguntas sin sentido. Si te corroe la curiosidad, solo déjate llevar por tus instintos. ¿O tienes miedo?
—No tengo miedo.
—Entonces, demuéstramelo y abre la caja —la desafió, acercándosela todavía más, la que la chica, después de analizar, tomó finalmente entre sus manos.
De inmediato percibió su liviandad. Por lo tanto, lo que sea que estuviese dentro, no parecía ser una posible amenaza para ella.
—Sí, tienes miedo —dedujo Joan con soberbia—. Puedo olerlo en ti. —E inhaló aire en profundidad para luego exhalarlo, sacándola de sus casillas con ese burdo acto.
—Estás equivocada. Yo no tengo miedo —añadió la joven con dureza, abriendo en un dos por tres la caja, encontrando en su interior una venda de color marrón, a la que contempló extrañada—. ¿Qué se supone que…?
— ¡Basta! —exclamó Joan, interrumpiéndola—. ¡Basta de tantas preguntas innecesarias! ¿Sabes para qué sirve? Entonces, ¡ocúpala!
«¿Ocuparla? Esto no tenía sentido.»
—Lo tiene. ¿O, acaso, no sabes lo que es?
—Claro que lo sé. Es una venda.
—Muy bien —sonrió complacida—. ¿Y cuál es la función de una venda, niña?
—Atarla alrededor de… ¿mis ojos?
— ¿Me lo estás preguntando o te lo estás preguntando a ti misma?
— ¿Qué quieres conseguir, Joan? ¡No entiendo! —Era la primera vez que la llamaba por su nombre y de forma tan confrontacional.
—Dímelo tú. Eres la vidente.
—No soy una vidente.
—Aún —le contestó la anciana, sonriéndole con ironía y tomando la caja para apartarla de su lado, sacando de ella la venda de color marrón—. Óyeme bien —prosiguió—, solo por esta vez seré un tanto generosa contigo. Ahora, póntela. Cúbrete los ojos y deja ya de hablar.
Aura abrió los suyos como platos sin entender por qué razón le pedía que realizara semejante acto. ¿Y con generosidad? ¿Estaba bromeando? ¿A qué tipo de “generosidad” se refería exactamente?
—Rápido —replicó reciamente, lanzándosela a sus piernas—. ¿No te comentó tu abuela que la paciencia no es  una de mis virtudes?
—No, porque desde un comienzo no me interesó saber nada de ti —le respondió la muchacha de la misma manera. No se iba a dejar amedrentar por sus palabras, menos por su falta de gentileza para con ella.
Aura tomó la venda entre sus manos, y contra todo pronóstico empezó a colocársela, atándola detrás de su nuca.
— ¿Estás feliz? —inquirió con frialdad una vez que quedó totalmente cegada por ella.
—No conozco el significado de esa palabra. Ahora, dime, ¿qué es lo que ves?
—Nada —le respondió en seguida, alzando los hombros, mientras le sonreía con sorna.
—Te lo volveré a repetir un tanto más cordial. ¡Qué es lo que ves, maldita sea! —Joan fortaleció el sonido de su voz. Entretanto, Aura tembló gracias a ella y guardó silencio, negándose a contestar—. ¿Qué ves? —inquirió la vieja por tercera vez, pretendiendo mantener su autocontrol en su sitio.
—Oscuridad. Eso es todo lo que veo.
—No es cierto. Me estás mintiendo y tú lo sabes bien.
No. ¡No la estaba engañando, por Dios! ¿Que la anciana loca no se daba cuenta que tenía una venda sobre los ojos que le impedía ver con claridad todo lo que había a su alrededor?
—Visualízalo en tu mente.
—No puedo.
—Visualízalo, niña. No te limites sin siquiera haberlo intentado. ¿O eres débil?
Al oírla, Aura apretó sus manos y las empuñó, evocando prontamente a su madre y a su abuela.
—No soy débil —subrayó, arrastrando cada una de las sílabas de ese enunciado.
—Demuéstramelo —la encaró, amenazante—. Hazme creer que no eres débil como lo fue tu madre.
— ¡Tú no la conocías! —estalló la chica, escupiéndole esas palabras al rostro con fuerza e innegable dolor.
— ¡Concéntrate! —exclamó la vieja, endureciendo su cadencia—. Enfoca cada uno de tus pensamientos en solo un punto y olvida todo lo que ahora no viene al caso mencionar.
— ¡Ya te dije que no puedo!
—No seas terca, muchacha. Puedes hacerlo, solo confía en ti.
“Confía en ti… Confía en ti…” le repetía su mente.
«No puedo… ¡No puedo hacerlo…!», le respondió en completo silencio, contrariándola.
—Sí puedes. Busca en tu interior la forma o el medio. ¡Qué estás esperando! ¿Qué yo te dé todas las respuestas?
De pronto, el coche retomó su andar. Así lo percibió Aura tras el leve movimiento que realizó su cuerpo, moviéndose al compás del transporte que transitaba por una senda semi plana y con algunos baches.
—No me hagas perder el tiempo, debilucha. No me hagas creer que fue en vano haber ido por ti.
— ¡Yo no te pedí que lo hicieras! —Luchó contra la oleada de sentimientos contradictorios que la invadían—. ¡Y no soy una debilucha!
—Lo eres, porque te rindes al primer intento en vez de luchar.
— ¡No! ¡No es así!
—Entonces, dime qué tienes frente a tus ojos aún sin saberlo.
Ahí no había nada. La joven, por más que lo intentaba y se presionaba, no lograba vislumbrar nada más que una intensa oscuridad. Pero no se lo dijo. No se lo dio a entender a la mujer que comenzaba a odiar con toda su alma.
— ¿Qué ves? —insistió Joan una vez más, admirándola fijo.
—Veo… —Cerró sus ojos y apretó sus párpados por un momento, fuertemente, esforzándose todavía más para distinguir lo que tanto ansiaba la anciana que ella viera. Pero para ello tenía que calmarse. Por lo que respiró con tranquilidad, imaginando, quizás, lo que había del otro lado de la venda.
Recordó que hace unos instantes habían abandonado la carretera para adentrarse en un camino que no tenía ninguna señal de tráfico, el que estaba rodeado por frondosos y gigantescos árboles de gruesas corazas, las que simulaban estar hechas de hierro.
El tupido bosque se ensanchaba a lo largo de la senda y a cada tramo que recorrían parecía ser más denso y hasta impenetrable, como si el camino desapareciera junto con él. Como si nunca hubiese existido.
Aura levantó la cabeza ante tal escena que se desarrollaba en su mente, para distinguir los nítidos rayos de luz que se colaban por las pequeñas aberturas que dejaban las copas en lo alto, traspasándolas, hasta aterrizar en la verde y húmeda hierba, cuando la no menos tibia brisa le acariciaba la piel y los sonidos que emitían los animales, a lo lejos, se colaban por sus oídos, tenuemente.
Todo eso se lo dijo a ella, detalle a detalle, como si lo estuviera apreciando en toda su majestuosidad, hasta que el coche se detuvo y Joan volvió a hablar.
— ¿Y ahora? ¿Qué es lo que ves próximo a ti?
La chica tomó aire antes de proseguir, dejándose llevar por la inusitada serenidad que comenzaba a asediarla.
—Piedras —le comunicó—. A un costado de mí hay dos pequeñas colinas de piedras. —Porque era eso lo que ahora mismo estaba viendo en su mente.
— ¿Las puedes alcanzar o tocar? —Quiso saber la anciana, más y más interesada en lo que decía.
Aura movió su cabeza de lado a lado y alzó una de sus manos en una vertical dirección.
—No me lo permiten. Es… como si al hacerlo se alejaran…
— ¿Y qué más ves? —Prosiguió la vieja ahora un tanto satisfecha.
—Nada nuevo, pero… siento.
— ¿Qué es lo que sientes?
La chica ejecutó un gesto con su nariz, como si estuviera disfrutando de un agradable aroma, demasiado confortante, además de tentador.
—Un olor a… estofado. —Sonrió. Le hacía mucha gracia percibir aquella tontería que no era completamente cierta.
—Mmmm… Mi favorito —añadió la Joan, dejándola perpleja con su comentario.
— ¿Qué has dicho?
—Que es mi favorito. Quítate la venda —le pidió, acto que ella realizó de inmediato, parpadeando varias veces para que sus ojos se pusieran a tono con lo que, muy lentamente, empezaba a distinguir; lo que para su grandísimo pasmo era lo mismo que había visto en su mente. Porque allí estaba el tupido bosque, las frondosas copas en lo alto, la luminosidad de los rayos de sol colándose por ellas y ¡por Dios!, las dos pequeñas colinas que contempló estupefacta por la ventana del vehículo.
Joan abrió la puerta y se bajó, invitándola a que ella también lo hiciera.
—Incrédula —le dijo tras cerrar de un solo golpe la puerta del coche.
— ¿Dónde estamos? —quiso saber la joven, ejecutando el mismo movimiento.
—Muy lejos. Bienvenida a tu nuevo hogar.
Joan se separó de ella para emprender la marcha hacia el interior de la bella casa blanca de una planta que se encontraba al final del camino, la que en su entrada poseía lo que parecían ser dos triángulos hechos tan solo de piedras; una apilada sobre la superficie lisa y llana de la otra, formando todas un montículo que no sobrepasaba el metro y medio de altura; por las que cruzó, dejando a la chica atrás.
— ¿No vienes?
Aura no tenía más remedio que seguirla. Ya estaba allí y, por de pronto, no conocía el lugar para huir de regreso a casa.
Dirigió su andar hacia la entrada, siguiendo sus pasos, pero al querer traspasar el espacio que existía entre los dos montículos que se situaban de manera horizontal −uno al costado del otro−, a más de diez metros de la entrada, algo la detuvo, interceptándola, evitando así que pudiera cruzarlos con normalidad.
— ¿Qué es esto? —se preguntó a sí misma, colocando las manos en lo que parecía ser un vidrio transparente.
—Lo que solo los humanos comunes y corrientes pueden atravesar. Lo que, en definitiva, tú no eres.
Un muro… Allí había un muro invisible que no le permitía avanzar. ¿Pero por qué? ¿Qué significaba aquello?
—Protección ante todo ser sobrenatural que ose entrar sin mi permiso y a fuerza bruta en mis dominios —le explicó Joan, leyendo su mente.
— ¿Por qué yo no puedo atravesarlo? ¿Por qué me retienes aquí?
—Por una simple razón.
— ¿Y cuál es esa razón?
—Si quieres entrar, debes dejar todo atrás para comenzar desde cero, alejando de ti todo lo que te une a este mundo, empezando por tus recuerdos.
—No voy a deshacerme de mis recuerdos.
—Entonces, quédate afuera y disfruta tu estadía en este lugar.
La anciana retomó su andar por la senda que la llevaba hacia su hogar, específicamente hacia la entrada principal de la casa, la que se encontraba rodeada por varias especies de árboles que conformaban una particular medialuna.
— ¡Espera! —le gritó la chica, deteniéndola—. ¿Por qué tengo que deshacerme de ellos? ¿Con qué fin?
—Porque ya no te pertenecen.
No podía creer lo que le estaba exigiendo esa mujer tan altanera; además de ser irónica, déspota y mordaz.
—Empezando por ese talismán que llevas colgando de tu cuello. —Le indicó el Ojo de Horus.
—Pero mi abuela me lo dio. ¡No puedo ni quiero quitármelo!
—Es tu decisión, niña, no la mía. —La vieja retomó su andar hasta llegar a la puerta de su morada, la que se abrió repentinamente, luego de que realizara un leve movimiento en su dirección, con su mano derecha. Pero cuando se hallaba a punto de cruzar el umbral, Aura la detuvo nuevamente, manifestándole a viva voz:
— ¿Por qué quieres acabar con mi pasado?
—No te equivoques, el pasado jamás se borra. Al contrario, el pasado siempre nos recordará quienes fuimos y quienes seremos. Si ahora no puedes desprenderte de lo que te ata, largo de aquí. Él puede llevarte a donde quieras ir. —Le señaló con su mano a su chofer; el hombre que ya se encontraba de pie, junto al auto, luciendo sus gafas de sol, así como también su impecable traje de color negro y sus zapatos acharolados.
— ¿Así? ¿Tan fácil?
—Así, tan fácil —replicó Joan muy malhumorada y sin tanto rodeo, alzando los brazos—. ¿O qué? ¿Quieres que te retenga aquí en contra de tu voluntad?
—No te comprendo.
—Ya somos dos, muchachita. Ya somos dos.
La adolescente fijó su castaña vista sobre las dos pilas de piedras, mientras su cabeza algo elucubraba. Tenía que pensar con rapidez y luego actuar como ella, si quería verdaderamente llegar a entender a esa mujer.
— ¿Ésta es otra de tus pruebas, Joan?
La anciana sonrió antes de decir:
— ¿Qué crees tú?
— ¿Quieres oír la verdad?
Asintió en respuesta a ello.
—Creo que estás loca —le aseguró—, y sé también que me odias con toda tu alma.
Al segundo de haberla escuchado, Joan le dedicó una gentil reverencia frente a su irritante mirada.
— ¿Todo el tiempo será así? —continuó Aura, aguantándose las ganas de llorar.
—Acostúmbrate. Por de pronto, no tienes más opciones que ésta.
La joven chilló bajito, cansada de sus estúpidos juegos, frases sin sentido y discursos de doble lectura. Sí, realmente empezaba a odiar a esa mujer con todo su corazón.
— ¡Te perderás el estofado! —exclamó la vieja a lo lejos, disipándose finalmente tras la puerta de su morada, cerrándose ésta después de un solo portazo.
—Esto no puede estar sucediendo. ¡Esto no puede estar pasándome!
—No es tan difícil si logras bloquear tu ira y solo te concentras en lo que quieres conseguir. —Oyó a su espalda una masculina voz.
Con agilidad se volteó para ver al hombre que empezaba a sacar sus cosas del maletero del coche, el cual cerró a continuación, para luego caminar con ellas hacia la entrada de la casa. Después, traspasó los montículos sin ningún tipo de dificultad, como si la energía que provenía de ese lugar nunca hubiese existido.
La joven masculló entre dientes al comprobar que él podía ir y venir como se le antojara. ¿Y ella? Aún seguía detenida allí como una tonta, sin poder poner un pie en la propiedad.
El conductor dejó su maleta y su mochila a un costado de la puerta y regresó por el camino muy campante. Y pasó por el espacio vacío de los montículos con suma facilidad, plantándose frente a ella, al mismo tiempo que se quitaba sus gafas, dejando al descubierto sus deslumbrantes ojos grises.
—Joan te lo dijo. Solo… visualízalo en tu mente —proclamó, tocándose la sien con su dedo índice.
Increíble. El chofer le hablaba como si estuviera al tanto de lo que ella debía llevar a cabo. ¡Cómo si fuera tan sencillo!
—Un secreto —prosiguió, colocando uno de sus dedos en sus labios en señal de que no lo revelara y guardara silencio—. No tienes que apartar nada de ti, ni de tu pasado. Solo debes guardar en un rincón de tu mente lo que no quieras que esa mujer encuentre jamás.
Aura entrecerró la mirada, confundida, pero no por sus palabras, sino por su tan extraña y repentina gentileza.
—Y de vez en cuando, dale en el gusto, como si todo estuviera bien y no te importaran sus exigencias —acotó, otorgándole un guiño—. A Joan le encanta que siempre le den la razón.
— ¿Aunque muchas veces no la tenga?
El desconocido sonrió a medias antes de proseguir.
—En este lugar las noches son extremadamente frías y suele llover con mucha intensidad —le dio a conocer, evitando responder a su pregunta, mientras volvía a colocarse las gafas para entrar otra vez en el auto—. ¡Y el estofado que hace Joan es simplemente delicioso! —exclamó fuertemente por la ventana entreabierta del coche, encendiendo el motor, para luego empezar a retroceder por el mismo y único camino por el que habían ingresado.
Vio marchar a ese desconocido sin siquiera saber quién era o a qué nombre respondía. Pero dedujo su edad. Él parecía bordear los veintitantos años de edad; de eso estaba segura.
Movió la cabeza de lado a lado e inhaló una buena bocanada de aire.
—De acuerdo —comentó, girándose hacia el espacio impenetrable—, esto no debe ser tan difícil —dándose de lleno en la cara, segundos después, con el muro invisible de concreto—. ¡Maldición!
Sí, era paciente, pero no tanto como para no maldecir frente a lo que estaba aconteciendo.
—Vamos de nuevo —se animó, manteniendo en estado de paz su autocontrol, estampándose por tercera vez con lo que no veía, pero que allí estaba—. ¡No me vas a ganar! ¿Me oíste, bruja? —exclamó furiosa con ella, pero también consigo misma.
Y así estuvo por un momento más, luchando con lo que le impedía el paso; hasta que cayó la noche, pero no así su determinación. No. No le iba a dar en el gusto a esa mujer que sabía que, de vez en vez, asomaba su rostro por una de las ventanas para observarla.
Hacía mucho frío, la chica así lo percibía en su piel, mientras se abrazaba a su cuerpo para mitigarlo. Y más lo hizo, cuando el aguacero comenzó.
Fantástico. Era lo último que necesitaba para colocarle el broche de oro a esta incomparable velada.
No se movió de su lugar, no buscó cobijo, al contrario, se quedó allí, bajo la inacabable lluvia admirando la invisibilidad del muro de energía, mientras el agua la empapaba por doquier. De pronto, fijó sus ojos en el centro de éste, sin parpadear, hasta que muy quedamente los cerró, distinguiéndolo en su mente.
Se dejó envolver por el sonido que manaba de la lluvia al chocar contra el suelo, contra las copas de los árboles y además, contra la verde hierba; así como también contra la tela de su ropa empapada. Y alzó la cabeza para que ésta le cayera directamente en la cara, cuando todo de sí no pensaba en nada más que traspasar el espacio vacío que había entre los dos montículos, visualizándolo.
Y caminó. Decididamente avanzó, pero ahora con la vista al frente. Uno tras otro dio un paso en dirección hacia la casa, como si no existiera nada más que la lluvia cayendo a su alrededor, hasta que sin darse cuenta, se encontró junto a la puerta entreabierta de la morada.
Con el cabello pegado al rostro, temblando, y entumecida de pies a cabeza ingresó, mostrándose ante Joan, quien asintió al verla cruzar finalmente el umbral para reunirse con ella.
La anciana había reemplazado su largo abrigo negro por un chal en vivos colores que la cubría en su totalidad. Se veía tranquila y no tan siniestra como hace varias horas, mientras terminaba de acomodar unos cubiertos sobre la mesa dispuesta para dos personas.
—Ya era hora —fue lo primero que le mencionó sin mirarla—. Tus cosas están en el cuarto del fondo. Por el pasillo.
—No me lo voy a quitar —le mencionó la joven, convencidísima, aferrando una de sus húmedas manos al colgante del Ojo de Horus que caía sobre su pecho.
—Tienes carácter, muchacha. Bien por ti. Y por esta vez, sí, te lo puedes quedar. Ahora, sal de aquí, estás arruinando mi piso.
—No voy a darte las gracias, si es lo que esperas escuchar de mí, Joan.
—No te las estoy pidiendo —ironizó la vieja.
— Entonces, ¿no dirás nada más?
—No demores. El estofado se está enfriando.
Continuará... 
**Próximo capítulo: viernes 01 de diciembre.